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Ahmed Alhasan احمد الحسن

16 de julio de 2014

En nombre de Dios, el Misericordioso, el Misericordiosísimo

Y la alabanza a Dios

La paz sea con vosotros y la misericordia de Dios y sus bendiciones

En días como estos ha quedado sellada la vida de Alí hijo de Abu Talib, las bendiciones de Dios sean con él

Una vida colmada de dolor y sufrimiento en la que no se halla descanso.

Fue niño, pero no tuvo oportunidad de jugar como todo niño que disfruta de su infancia. Pues Dios quiso enviar a quien lo crió, como profeta, y se encontró en medio de una batalla verbal que muchas veces se calentó hasta lanzar piedras, incluso a veces se ha llegado hasta rajar vientres con lanzas.

Se hizo joven en este clima para encontrarse obligado a blandir una espada y defender con ella la nueva religión, a su profeta y a sus creyentes.

Antes de irse Muhammad –bendígale Dios y a su familia– Dios designó a Alí como Califa de Dios en su tierra después del Califa de Dios Muhammad, como ha sido siempre la tradición de Dios.

Muhammad murió.

Y así Alí se encontró obligado a reclamar el derecho divino que la gente se atacaba por violar.

Un reclamo que llevó a la gente a injuriarlo y a reunir tropas y pandillas para atacar su hogar, para arrastrarlo atado con sogas, para denigrarlo, para despreciarlo y para lastimar a su esposa Fátima hija de Muhammad –bendígalo Dios y a su familia–, aquella de la que había resultado cierto que quien la lastimara lastimaría a su padre Muhammad, el Profeta, e incurriría en la ira de Dios Glorificado y Altísimo.

Fátima murió.

Alí quedó oprimido y sentado en su casa más de veinte años.

Los desaciertos se acumularon y los clamores de los oprimidos se alzaron. Después de los tres, la mayoría de los hombres no encontraba solución para aquello en lo que estaban metidos, excepto en Alí.

El demonio lo enfrentó en tres batallas reclutando para estas a todos los demonios de la Tierra. Una vez los lideró Aisha, una vez Muawiya hijo de Al-Aas y por último los lideró el mismo demonio. Y estas batallas no terminaron sino con Alí postrado en la cama y cubierto de su sangre.

La paz sea contigo, Abul Hasan, tanto como el dolor y el sufrimiento que aguantaste.

La paz sea contigo, Abul Hasan, que te has adelantado tan lejos y has dejado cansado al que va tras de ti como seguidor tenaz. Tu tragedia ha sido grande en el cielo y tu desgracia ha abatido a las criaturas. Así pues, somos de Dios y a Él regresamos.

Que Dios incremente vuestra recompensa por la conmemoración de la calamidad del Comandante de los Creyentes Alí hijo de Abu Talib, las bendiciones de Dios sean con él.