La evolución tiene un propósito

Diagrama esquemático de un gen corto, dentro de la estructura en doble hélice del ADN que, al comprimirse, va formando un cromosoma (derecha). Se trata de un gen eucariota (el procariota carece de intrones). Las proteínas se codifican solo en los exones. (Wikipedia)

Tenemos genes, mutaciones genéticas y una ley de supervivencia del gen más favorecido, o podemos decir: del organismo más favorecido. Pues la diferencia entre el gen y el organismo es como la diferencia entre los planos de una casa y la casa en sí. La ley de supervivencia del gen favorecido perfecciona estos genes. Nosotros sabemos categóricamente ahora que el mecanismo de supervivencia más favorecido en relación a la vida terrestre es el mecanismo de inteligencia (el cerebro), a pesar de que el coste económico del mecanismo de inteligencia o cerebro, es muy alto para el ser vivo, ya que requiere una gran cantidad de nutrientes. pero la evolución por el resultado está forzada a ir en esta dirección, es decir, evolucionar el mecanismo de la inteligencia.

Porque las mutaciones genéticas han existido desde el principio, pues tienen que abundar los genes para construir tarde o temprano un mecanismo de inteligencia (el cerebro, por ejemplo), aunque las mutaciones genéticas sean completamente aleatorias.

Por cuanto la ley de supervivencia de los genes más favorecidos o del organismo más favorecido[1] es lo que rige el proceso de evolución, el resultado es que ahora podemos aseverar que la evolución, desde el principio, ha tenido una dirección y un propósito para producir los genes de un mecanismo de inteligencia o un ser inteligente, así pues, la evolución, por lo tanto, tiene un propósito.

Creo que esta deducción completa es suficiente para refutar la teoría atea del Dr. Dawkins en el ámbito de la vida terrestre basada en que la evolución no tiene un propósito a largo plazo.

En realidad, si quisiéramos extendernos más en nuestra norma anterior y generalizar la norma para cualquier forma de vida que podamos imaginar, entonces podríamos determinar —según la ley de la evolución basada en la mutación de replicadores o de los mecanismos replicadores y la selección del más favorecido de ellos— que cualquier vida, ya sea como nuestra vida terrestre —formada de agua, de carbono, de nitrógeno y otros elementos químicos— o fuere en otro planeta u otro universo, formada de amoníaco en lugar de agua o de silicona en lugar de carbono —puesto que ésta es capaz de formar largas cadenas como el carbono— el resultado inevitable es la producción de un mecanismo de inteligencia. Este es el propósito inevitable de la evolución según la ley que conocemos ahora. Ninguna vida, replicador o mecanismo replicador puede apartarse de llegar a esto tarde o temprano.

Además, sabemos que es de esperar que cualquier otra vida en nuestro universo dependa del agua y el carbono; porque el agua es considerada el estado líquido ideal para alojar la vida, ya que su densidad disminuye cuando se congela, flota y con esto el hielo permite a la vida continuar en el agua líquida debajo de él. Estos cuatro elementos, el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y el carbono son los más abundantes en el universo. El carbono, a diferencia de otros, es capaz de formar cadenas débiles que se rompen con facilidad. Esto es favorable para el metabolismo y la vida, contrariamente a las cadenas de silicona.

Así hemos constituido y llegado a la sección del discurso y resuelto el conflicto sobre la posibilidad de demostrar la existencia de un señor o un dios conforme a la teoría de la evolución, pues hemos demostrado que la vida tiene las características de un propósito, que tiene un propósito y que la evolución tiene un propósito. Como las características de un efecto señalan las características de su causa, así pues, se demuestra que la causa tiene la característica de tener un propósito, de ser consciente y de ser sabia. Con esto hemos demostrado la existencia de una causa que tiene un propósito, que es consciente y que es sabia. Por ende, se demuestra la existencia de un señor o un dios, ya sea que el causante directo fuera Él mismo o que el causante directo fuera uno de los efectos que lo señalan a Él también por su característica, es decir, la característica que hemos demostrado de tener un propósito. Esto por sí solo es suficiente para invalidar la teoría atea moderna construida sobre la base de que la evolución no tendría un propósito a largo plazo.

[1] Los genes y el organismo son como los planos de construcción y la construcción en sí, pues los genes representan los planos y el ser vivo representa el resultado de la implementación de los planos.


Del libro La ilusión del ateísmo del Imam Ahmed Alhasan (a)