El intento de Dawkins por explicar la moral

“La ilusión de Dios” o “El espejismo de Dios” de Richard Dawkins, quien se ha vuelto uno de los ateos más influyentes

En su libro El espejismo de Dios Dawkins hace un intento por explicar la moral. Pero no presenta de manera explícita el altruismo verdadero que hemos debatido previamente y que he explicado, que ni la teoría de los memes, ni la teoría del gen egoísta, ni el altruismo recíproco son capaces de explicar.

Sin embargo, intenta explicar un tipo de intercambio altruista al cual estamos acostumbrados en nuestra vida social, que surgiría a falta de una ley darwiniana con ese objetivo, y que tal vez luego de ello, se difunda como meme cultural. Talvez intenta ilusionar al lector de que lo que él planteó es suficiente para explicar todos los tipos de altruismo, cuando en realidad, es insuficiente para explicar cualquiera de los tipos de altruismo verdadero o altruismo desinteresado. Esto será explicado durante el debate sobre lo que planteó Dawkins.

Hasta ahora hemos conocido dos tipos de altruismo con claridad que son: el altruismo con los parientes y el altruismo recíproco. Y se pueden agregar a estos dos, el altruismo por reputación, en el cual se exhibe fuerza y audacia para cosechar los frutos del poder adquirido.

La reputación:

«He mencionado el parentesco y la reciprocidad como los pilares gemelos del altruismo en un mundo darwinista, pero hay otras estructuras secundarias que descansan sobre esos dos pilares principales. Especialmente en la sociedad humana, con lenguaje y rumores, la reputación es importante. Un individuo puede tener una buena reputación por su amabilidad y generosidad. Otro individuo puede tener la reputación de ser de poca confianza, porque hace trampas y no cumple los tratos. Otros pueden tener la reputación de generoso cuando se ha ganado la confianza, pero también la de castigar cruelmente las trampas. La teoría simple del altruismo recíproco espera que los animales de cualquier especie basen su comportamiento en la responsabilidad inconsciente de llegar a esos acuerdos con sus colegas. En las sociedades humanas añadimos el poder del lenguaje al hecho de diseminar reputaciones, normalmente en forma de rumores. No necesitas haber sufrido en persona la mala acción de X para contarlo en el bar. O has oído “por ahí” que X es un tacaño, o —para añadir una irónica complicación al ejemplo— que Y es un chismoso terrible. La reputación es importante y los biólogos pueden reconocer un valor de supervivencia darwinista no solo a ser bueno en la reciprocidad, sino a fomentar una reputación de ser bueno en ello. Los orígenes de la virtud, de Matt Ridley, al tiempo de ser un lúcido trabajo en el campo de la moralidad darwinista, es especialmente bueno en la reputación».[1]

Exhibición de fuerza, audacia y superioridad:

«El economista noruego, Thorstein Veblen y, de forma algo distinta, el zoólogo israelí Amotz Zahavi, han añadido una idea más fascinante. La dádiva altruista puede ser una publicidad de dominancia o superioridad. Los antropólogos lo conocen como “Efecto Potlatch”, así llamado tras la costumbre en la que jefes rivales de tribus del Pacífico Noroeste compiten entre ellos en duelos de fiestas ruinosamente generosas. En casos extremos, los encuentros para fiestas y contrafiestas continúan hasta que una de las partes queda reducida a la miseria, dejando al vencedor no mucho mejor. El concepto de Veblen de “consumo conspicuo” origina una respuesta emocional en muchos observadores de la escena moderna. La contribución de Zahavi, no tenida en cuenta por los biólogos durante muchos años hasta que fue reivindicada por los brillantes modelos matemáticos del teórico Alan Grafen, ha venido a proporcionar una versión evolucionista de la idea potlatch. Zahavi estudió a los murmuradores árabes, pequeños pájaros marrones que viven en grupos sociales y crían de forma cooperativa. Como muchos pájaros pequeños, los murmuradores cuidan y alimentan a las crías de otros. Una investigación darwinista estándar de esos actos altruistas buscaría, en primer lugar, las relaciones de familiaridad y reciprocidad entre los pájaros. Cuando un murmurador alimenta a un compañero, ¿no lo hace esperando ser alimentado más tarde? O ¿es un pariente cercano el receptor de ese favor? La interpretación de Zahavi es radicalmente inesperada. Los murmuradores dominantes afirman su dominancia alimentando a subordinados. Para utilizar el tipo de lenguaje antropomórfico en el que Zahavi se deleita, el pájaro dominante está diciendo con ese comportamiento algo equivalente a “Mira cuán superior soy a ti, puedo permitirme alimentarte”. O “Mira cuán superior soy, puedo permitirme hacerme vulnerable a los halcones, posándome en una rama alta, actuando como centinela para avisar al resto del grupo que se está alimentando en el sueño”. Las observaciones de Zahavi y sus colegas sugieren que los murmuradores compiten activamente por el peligroso papel de centinela. Y cuando un murmurador subordinado intenta ofrecer alimento a un individuo dominante, la aparente generosidad es rechazada violentamente. La esencia de la idea de Zahavi es que la publicidad de superioridad está autenticada por su coste. Solo un individuo genuinamente superior puede permitirse publicitar este hecho mediante un costoso regalo. Los individuos pueden comprar éxito, por ejemplo, al atraer pareja, mediante costosas demostraciones de superioridad, incluyendo la generosidad ostentosa y la asunción de riesgos para el bien común».[2]

Resumen de Dawkins de las cuatro razones del altruismo:

«Ahora tenemos cuatro buenas razones darwinistas para que los individuos sean altruistas, generosos o “morales” unos con otros.

Primero, está el caso especial del parentesco genético.

Segundo, está la reciprocidad: la devolución de los favores recibidos y hacer favores en “anticipo” de pago.

Como continuación de esto está, en tercer lugar, el beneficio darwinista de ganarse una reputación de generosidad y amabilidad.

Y cuarto, si Zahavi está en lo cierto, existe el beneficio particular adicional de la generosidad conspicua como forma de comprar auténtica publicidad no falsificable».[3]

Ninguno de estos es altruismo verdadero, pues el primero y el segundo se centran, como hemos aprendido previamente, en el egoísmo genético y el altruismo recíproco, y el tercero y el cuarto pueden incluirse en el altruismo recíproco; porque ambos redundan en el mismo concepto de “dar hoy para cosechar mañana”. Ambos consisten en una obra de altruismo para conseguir un beneficio futuro. Ninguno de estos tipos son altruismo verdadero. Por lo tanto, la existencia de estos tipos de altruismo no da una explicación del altruismo verdadero y voluntario.

El intento de Dawkins por explicar la moral y el altruismo verdadero no cesa:

«Durante la mayor parte de nuestra Prehistoria, los humanos vivieron bajo condiciones que pudieron haber favorecido firmemente la evolución de todos esos cuatro tipos de altruismo. Vivíamos en pueblos o, anteriormente, en distintos grupos errantes como los babuinos, parcialmente aislados de grupos o pueblos vecinos. La mayoría de los compañeros de grupo serían familia, emparentados más cercanamente que los miembros de los otros grupos —gran cantidad de oportunidades de altruismo familiar para evolucionar—. Y, tanto si son familia como si no, uno tendería a reunirse con ellos una y otra vez durante su vida —condiciones ideales para la evolución del altruismo recíproco—. Aquellas eran también las condiciones ideales para construirse una reputación de altruismo, condiciones ideales también para publicitar la generosidad conspicua. Por una o todas las cuatro rutas, se habrían favorecido en los primeros humanos las tendencias genéticas hacia el altruismo. Es fácil ver por qué nuestros ancestros prehistóricos serían buenos para su propio grupo, pero malos —hasta el punto de la xenofobia— para otros grupos. Pero ¿por qué —ahora que la mayoría de nosotros vive en grandes ciudades donde no estamos rodeados por nuestra familia y donde cada día encontramos individuos a quienes nunca vamos a volver a ver— seguimos siendo tan buenos con los demás, incluso algunas veces con otros que deberíamos pensar que pertenecen a un grupo externo?

Es importante no malinterpretar el alcance de la selección natural. La selección no favorece la evolución de una conciencia cognitiva de lo que es bueno para nuestros genes. Esa conciencia tiene que esperar al siglo XX para alcanzar un nivel cognitivo, e incluso ahora el conocimiento completo está confinado a una minoría de científicos especializados. Lo que la selección natural favorece es una regla general, que funciona en la práctica para promocionar a los genes que la han generado. Las reglas generales, por su propia naturaleza, fallan en ocasiones. En el cerebro de un pájaro, la regla “atiende a esas cositas que chillan en tu nido y deja caer alimento dentro de sus rojas bocas” normalmente tiene el efecto de preservar los genes que generan la propia regla, porque los objetos que chillan y tienen la boca abierta dentro del nido de un adulto son normalmente sus propios descendientes. La regla falla si otra cría de pájaro entra de algún modo en el nido, hecho en el que, positivamente, son expertos los cucos. ¿Podría ser que nuestros impulsos del tipo “buen Samaritano” sean fallos, análogos al fallo del instinto parental de la curruca de los juncos cuando trabaja para empollar los huevos del cuco? Una analogía incluso más cercana es el impulso humano de adoptar un niño. Debo apresurarme a añadir que “fallo” se enuncia solo en un sentido estrictamente darwinista. No lleva implícito sentido peyorativo alguno.

La idea de “fallo” o “subproducto” que estoy adoptando funciona de la siguiente manera. La selección natural, en los tiempos ancestrales en que vivíamos en grupos pequeños y estables como los babuinos, programó impulsos altruistas en nuestros cerebros, junto con los impulsos sexuales, los impulsos contra el hambre, los impulsos xenófobos y así. Una pareja inteligente puede interpretarlo de forma darwinista y comprender que la razón definitiva para sus impulsos sexuales es la procreación. Ellos saben que la mujer no puede concebir porque ella está tomando la píldora. Todavía pueden encontrar que su deseo sexual no está, de ninguna manera, reducido por el conocimiento. El deseo sexual es deseo sexual, y su fuerza, en la psicología de un individuo, es independiente de la esencial presión darwinista que la dirige. Es un impulso fuerte que existe independientemente de su razón esencial.

Lo que sugiero es que eso mismo es cierto para el impulso de la amabilidad —del altruismo, de la generosidad, de la empatía, de la compasión. En tiempos ancestrales teníamos la oportunidad de ser altruistas solo hacia la familia cercana y hacia individuos que potencialmente nos devolverían los favores recibidos. Actualmente, esa restricción no existe, pero persiste la regla general. ¿Por qué no podría? Es como el deseo sexual. No podemos refrenar un sentimiento de compasión cuando vemos a un desgraciado llorando (que no es pariente nuestro y es incapaz de practicar la reciprocidad) de la misma manera en que no podemos refrenar un sentimiento de lujuria hacia un miembro del sexo opuesto (que puede ser infértil e, incapaz, por lo tanto, de reproducirse). Ambos son fallos, errores darwinistas: benditos, preciosos errores».[4]

En resumen, lo que quiere decir Dawkins es: que las características de un tipo de altruismo con un precio se convirtieron en características de un altruismo sin un precio por causa de una falla en la implementación de la ley, como él dijo: «Las reglas generales, por su propia naturaleza, fallan en ocasiones» por un cambio en las condiciones. «Actualmente, esa restricción no existe» —sin embargo, persiste la regla.


[1] Fuente: Dawkins, El espejismo de Dios, pág. 218.

[2] Fuente: Dawkins, El espejismo de Dios, pág. 253.

[3] Misma fuente.

[4] Fuente: Dawkins, El espejismo de Dios, págs. 254-256.


Del libro La ilusión del ateísmo del Imam Ahmed Alhasan (a)