¿Las frutas que crecen en la tierra son restos de cuerpos adanidas?

Pregunta 15: las frutas que comemos han crecido en la tierra que tiene restos de cuerpos adanidas. ¡¿Acaso estamos comiendo cuerpos de adanidas?![1]

Respuesta: el cuerpo material consiste en una aparición o manifestación de una imagen ideal en la materia o en lo que no existe y es capaz de existir. Por consiguiente, el sabor, el aroma, el color y todos los detalles de un cuerpo material vienen de la imagen ideal que este tiene. Así pues, si en la misma materia —que es lo que no existe y es capaz de existir como se formuló— se manifiesta la imagen de una naranja, en ella habrá un rico aroma, un buen sabor y será lícita para comer. En cambio, si en ella se manifiesta una imagen de la carroña la misma tendrá un olor repulsivo y será ilícito comerla.

Por lo tanto, el resultado del cuerpo del ser humano —si Dios quiere que se descomponga— después de la muerte será un puñado de polvo. Y la imagen física ideal de un puñado de polvo es diferente a la imagen del cuerpo del ser humano. Así que no existe ninguna comunión entre el cuerpo del ser humano que se descompone y el puñado de polvo que resulta de esta descomposición. Más bien es una comunión ilusoria basada en una comunión de la materia.

La materia es lo que no existe y es capaz de existir. Es la identificación y la especificación de una imagen ideal. Las imágenes ideales se diferencian unas de otras y no se producen unas a partir de otras. Así pues, por ejemplo, un árbol que ha crecido sobre un cuerpo descompuesto y ha producido frutas, no ha absorbido el cuerpo descompuesto, sino los elementos del polvo que tienen su propia identificación y especificación. Este se diferencia del cuerpo descompuesto, aunque comparta con él materia o lo que no existe y es capaz de existir —que no se identifica ni especifica—. Así que, si el ser humano come esta fruta, por ejemplo, no está comiendo nada que haya sido producido por ese cuerpo descompuesto. Así que no hay devorador ni devorado.


[1] Esta duda era conocida en palabras de los filósofos como “la duda del devorador y el devorado”.


Del libro Las alegorías vol. 1 del Imam Ahmed Alhasan (a)